Algo no cuadra.

 

El gobierno que llegó con el mayor margen de gobernabilidad, apuntalado en la votación más consistente e indiscutible que se recuerde fue puesto contra las cuerdas por un comediante y un reportero; fue obligado a ordenar a su gabinete casi en pleno a salir a detener el cerco, mientras el país, desde Celaya a Caborca, ardía en llamas.

 

A un año y medio de haber tomado las riendas de México con todo el poder de los 30 millones de votos que además le proporcionaron una mayoría legislativa como no se veía desde los tiempos del partido casi único, la ‘cuarta transformación’ luce confundida, errática, debilitada y a veces hasta temerosa.

 

Más que una crítica, esto tendría que ser un llamado a la reflexión serena de lo que está ocurriendo en el país, por lo que puede significar en términos de una regresión al estado de cosas que los mexicanos rechazaron en las urnas el 2018, con la esperanza de un cambio.

 

La oposición, para ser ‘pedorra’ y estar ‘moralmente derrotada’, como suelen aludir a ella los personeros de la 4T ya llevó al presidente a inventarse un nuevo complot en forma de BOA, estrategia que de tan mal planeada terminó siendo un mal chiste para amplios sectores de la sociedad, pero una amenaza que terminaron creyendo sólo ellos, de tal manera que por sí o por no, se tuvieron que lanzar a los brazos del impresentable Partido Verde Ecologista de México.

 

El nuevo aliado no sólo provocó un impresionante espectáculo de maromas sincronizadas, sino que levantó varias cejas en los sectores más duros del morenismo donde se considera que rumbo  al 2021 vale más ir solo que con ese tucán, emblema de la corrupción y el oportunismo político.

 

Sin embargo, en el alto mando de Morena al parecer están visualizando una competencia cerrada en la que dos o tres puntos que le sume el PVEM podría significar la diferencia para mantener la mayoría legislativa.

 

Eso de que la pandemia Covid19 cayó como anillo al dedo para consolidar los propósitos de la 4T resultó ser otra baladronada presidencial de las que, frente al complicado escenario nacional, cada vez tienen menos efecto.

 

Las cifras, incluso las oficiales indican que 12 millones de mexicanos se quedaron sin ingresos en el periodo de la pandemia; las gasolinas van a la alza de nuevo; se han perdido más de un millón de empleos. El gobierno tuvo que contratar deuda por más de dos mil millones de dólares con el Banco Mundial para seguir financiando sus programas clientelares y sus proyectos estratégicos (aeropuerto de Santa Lucía, refinería Dos Bocas y Tren Maya, básicamente).

 

Y mientras el grupo de gobernadores de oposición crece y fija posiciones, la señora esposa del presidente se metió -innecesariamente, creo-, al linchamiento de un comediante (muy chafa, reitero, aunque para muchos es genial y muchos más que no lo conocían ya lo siguen). La señora Beatriz Gutiérrez Müller metió al debate sobre discriminación y clasismo a su propio hijo (cuando nadie se acordaba de él) y el resultado fue un incendio de las redes sociales donde el jovencito fue y sigue siendo destrozado.

 

Cuando aún no se apagaba el fuego, Carlos Loret de Mola, sin lugar a dudas uno de los grandes privilegiados del viejo régimen documentó las propiedades del matrimonio Ackerman-Sandoval. Seis casas con valor aproximado de 60 millones de pesos no están mal para una pareja que romantiza la pobreza, los frijolitos y el arroz, la austeridad y coquetea con las ideas de abolición de la propiedad privada.

 

A estas alturas ni siquiera importa si las propiedades de la secretaria de la Función Pública y su esposo, uno de los principales ideólogos del lópezobradorismo valen lo que dice el reportaje. O si fueron producto de herencias y donaciones.

 

Matar (metafóricamente) al mensajero tampoco sirve. Loret de Mola ya estaba desde el inicio en la lista negra de la 4T, donde su reputación vale menos que nada.

 

Pero las descalificaciones no desmienten lo publicado y sí contribuyen a alimentar la idea de un doble discurso en la nueva clase gobernante que, como nunca antes había ocurrido se sumó al nado sincronizado en defensa del matrimonio ya famoso. Una defensa, hay que decirlo, en la que tampoco se desmiente la fortuna de los Ackerman-Sandoval que a muchos, incluyendo investigadores y académicos de mejores prendas en el campo de las ciencias, les pareció insultante.

 

Vaya, hasta salió a defender la causa nada más y nada menos que Yeidkol Polevnsky, otra comunista de Chanel y Louis Vuitton que ya tiene una denuncia por lavado de dinero en la FGR ¡por la dirigencia de su propio partido!

 

(Nomás para documentar el caos, Ackerman forma parte del Instituto Nacional de Formación Política de Morena, al que Polevnsky siendo dirigente nacional del partido dejó sin fondos -más de 300 millones de pesos- y fue ese instituto el que comenzó a documentar las transas de Yeidkol).

 

Resumiendo: en año y medio de gobierno, la oposición pedorra y moralmente derrotada no ha tenido que hacer gran cosa (o no ha podido) para minar la legitimidad de la 4T. La propia 4T se ha encargado de hacerlo a fuerza de mentiras, incongruencias, simulaciones, doble discurso.

 

Un día es el Rolex de Marcelo, otro día es el presidente desmintiéndose a sí mismo (yo di la orden de liberar a Ovidio); otro día es el montaje de una visita a un hospital Covid19, al siguiente truena el escándalo de las casas de ahora conocido como Doctor Houses y así en un loop vertiginoso.

 

Después de un par de meses de encierro involuntario por la pandemia, el presidente no aguantó. Los estragos del Covid19 en la salud y la economía mandaron en picada los índices de popularidad, en sentido inverso a la curva de contagios.

 

El presidente salió de gira, al escenario que más le gusta y que mejor domina: la plaza pública, la calle, el mitin de campaña. Pero se encontró con una nueva normalidad: las protestas en cada lugar que visita, que incluyeron increpaciones, marchas y plantones. Y hasta un joven atropellado por una de las camionetas de su comitiva.

 

Al presidente le están dando a probar una de las que guisa. Todo mundo recuerda aquellos primeros días del sexenio de Enrique Peña Nieto. A donde quiera que iba de gira el entonces presidente, las huestes de Morena lo perseguían con saña. Incluso apedrearon la camioneta en la que viajaba.

 

López Obrador tiene apenas un año y medio en ejercicio del poder. La prospectiva económica no es buena y puede empeorar. La crisis sanitaria en los mismos términos, aunque Gatell se suma al coro en defensa de los Ackerman-Sandoval.

 

La violencia del crimen organizado no ha sido contenida y peor aún, comienza a permear la idea de que el gobierno federal ha enderezado sus baterías contra el Cártel Jalisco Nueva Generación, liderado por “El Mencho” (al que le congelaron cuentas por más de 3 mil millones de pesos) y contra el Cártel Santa Rosa de Lima, liderado por “El Marro”, cuya madre, hermana y novia fueron detenidas en un operativo que derivó en ‘la toma de Celaya’ cuyas imágenes todos vimos.

 

(Lo de Caborca es una reverberación de la ausencia de una política integral, transversal, coordinada entre los tres niveles de gobierno para abordar el tema de la seguridad en todo el país. Es infantil, o ligeramente idiota enfrascarse en una discusión sobre el deslinde de responsabilidades a partir de las afinidades políticas, cuando el propio presidente presume las reuniones diarias con su gabinete de seguridad; cuando existen mesas en cada estado para abordar el tema, en las que participan representantes de los tres niveles).

 

Concluyo con una preocupación que gravita en forma de pregunta por la mente de muchos mexicanos, independientemente de sus filias y sus fobias: si ya fallaron el PRI y el PAN como gobierno en la federación, y si Morena falla ahora, ¿qué sigue?

 

Se los dejo de tarea.

 

También me puedes seguir en Twitter @Chaposoto

Dejar respuesta